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Pequeña composición: Aversión al mundo


“Tengo delante un cielo sin estrellas o estrellado
(…) se llama bien al mal,
feo a lo hermoso,
fe a la ilusion y dicha a la soñada.
Aquí lo cierto es falso, allí es dudoso
(…) si el mundo real me hastía tanto,
este mundo interior me causa espanto.”
De Campoamor, R. “El peor de los mundos”
Velo por esta mente insomne, sin recuerdos. Solo distingo a la noche pintando el día y al tiempo pasando a la velocidad de una canción antigua de amor.
Advierto al perpetuo e insatisfecho mundo. Y de mis dedos asoma sangre [no puedo escribir, duele.]. Orbe colosal que se va poblando de cadáveres. No quiero salir a la calle el olor nauseabundo me aturde. Y miro en mi cartera: no esta el elixir de la vida.
Existe una parte mía que se niega a hacer pactos con muertos, y sin embargo hace caso constante a las demás partes. Oscilando, acribillando, acribillándome. Armando un rompecabezas de un laberinto [siempre me simpatizó el barroco], hundiendo piezas en mis manos, luego, en hojas. Sintiendo que busco cosas en diferentes cielos: algo les aúlla por dentro.
Nunca descanso. La gente deposita esperanza en mí.
En la mesa de luz hay un lapicero, una estatuilla de un oso con la nariz rota, un vaso de agua y los remedios. Tal vez debería poner alguna foto.
Desvío el tema como desvío tantas cosas, pero lo más raro es que, cuando preguntan respondo, desde mi penosa y cuidadosa memoria, yo hablo. Y pareciera que corro una carrera cuando abro la boca. La que no quiero perder.
Sigilosamente gano.
Mortificada por mil posibilidades. Y por intervalos, aparece el elixir en mi cartera, y una parte mía quiere hacer trato, pero no sabe bien con qué.
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